Capítulo 2: Te tengo!

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-Te tengo!-exclamó Jorge en plena excitación.

Después de unos minutos chateando con ésa perfección en cuerpo de mujer, con la testosterona por las nubes, había conseguido quedar con ella. Alucinaba que hubiera sido tan fácil, normalmente la mayoría de mujeres se resistían más, mucho más, a sus incesantes encantos. Su marido (si, estaba casada) estaba de viaje de negocios, así que se encontraba sola en casa y quería aprovechar la ocasión. ‘Qué suerte la mía!’ pensaba Jorge. Además resultaba que vivía en un castillo a veinte kilómetros de su casa, eso aún lo excitaba más. Sería cómo un rey por una noche y quién sabe, quizás se enamoraba de él. Realmente era una buena presa.

Empezó a arreglarse ante el espejo, observándose. Dios, cómo le gustaba lo que veía! Se amaba físicamente y mentalmente no le daba muchas vueltas a las cosas, eso le producía felicidad y satisfacción. Se puso su mejor camisa, la negra, que le marcaba los músculos, los pantalones rojos ajustados, unas gotas de perfume y miró la hora en su flamante reloj, su mayor inversión junto a su Audi y que le hacían sentirse distinguido de la muchedumbre. Un símbolo de poder, de virilidad. Se despidió del yo deslumbrante plasmado en ese espejo con un guiño y un beso al aire, cogió las llaves del coche y se marchó directo a una cita que no iba a olvidar jamás.

Cuando los padres del chico, de nombre Jorge Santos, llamaron a comisaría para denunciar la desaparición, pensó ‘otro más a la lista…’. Trece en la misma zona en los últimos ocho años. Menos mal que aún ningún periodista se había hecho eco de la noticia.

Indagando en la vida del desaparecido, encontraron que el deporte favorito del chaval eran las mujeres y, sobretodo,  alardear ante sus amigos de todos sus logros. Este hecho, propició el conocer su último paradero a través de unos watsapps, enviados a uno de sus amigos, en ellos relataba la conquista de la mujer del castillo. Ese lugar era bien conocido por los aldeanos del pueblo. Protagonizaba, desde hacía décadas, las más descabelladas y terroríficas historias alrededor de la chimenea. El hipnótico fuego siempre añadía tensión al relato y si éste era de miedo mucho mejor. Ya era hora de poner fin a los rumores acerca de ése macabro lugar.

Lo más probable es que allí se encontrara escondido un asesino, quizás asesino en serie. Esto último es lo que deseaba Morales, decidido a acabar con él y hacerse famoso con la captura. Si cogían al malnacido sería famoso, saldría en la portada de todos los periódicos, uno de los casos más importantes de los últimos tiempos. Sin perder ni un segundo cogió a todos los agentes disponibles y se fueron a cazar su presa.

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La policía llegó allí aquél fatídico y frío de otoño, 13 de octubre, que pasaría a todos los libros de sucesos de la historia. El castillo tenía un amplio patio interior cerrado por un alto muro. La puerta de entrada al jardín estaba cerrada y se abría automáticamente, así que rodearon el lugar con cautela, vigilando no alertar al o los del interior. Una vez asegurado el perímetro llamaron al interfono, nadie respondió, sólo se oía el cantar lejano de los pájaros. Era extraño que no se oyera ninguno entre los árboles del jardín pero nadie le dio mera importancia. Volvieron a llamar…nada de nada, así que Morales dio la orden y un grupo de seis agente saltó la valla hacia el interior.

En el patio se podían contar hasta ocho coches aparcados, muchos de los cuales, debido a la gran cantidad de polvo que los cubría, se podía intuir que llevaban mucho tiempo allí. No se veía ni un alma. Una simple comprobación de matrículas confirmó que eran propiedad de los desaparecidos, la emoción embriagó al teniente ya que eso confirmaba que se trataba de un caso de considerable envergadura. Sólo faltaba coger al que estaba seguro sería el asesino en series más famoso de los últimos tiempos.

No tuvieron ningún problema para acercarse al edificio. Llamaron a la puerta principal, tampoco hubo respuesta. Gritaron por el megáfono, tal cual cómo en las películas americanas, alertando que los tenían rodeados y que salieran con las manos en alto, pero pasó el tiempo y nadie respondió. Tampoco se oyó ruido alguno. Quizás ya se habían marchado. La emoción se desvaneció poco a poco del cuerpo del teniente y dio, sin esperar ya gran cosa, la orden de pasar a la acción y entrar por la fuerza.

Dos agentes se quedaron custodiando la puerta principal. Los cuatro restantes dieron un ruedo al castillo, dos por la derecha y dos por la izquierda. Por las ventanas no se podía entrar pues tenían barrotes. Encontraron una puerta trasera más pequeña y menos robusta, aún así lo bastante cómo para no poder forzar-la. Finalmente hallaron una vieja puerta que daba a un sótano, tras pelear un rato con ella consiguieron abrirla. De dentro salió un húmedo y pudiente vaho, se veía que hacía décadas que nadie entrara por ahí.

Morales miraba pensativo la oscuridad, no le gustaba nada, le atemorizaba. Hizo un gesto con la mano y entró tras los policías que acataron su orden. Abajo no se veía nada. Encendió una cerilla y observó a su alrededor, vio una vela, la encendió y tiró la cerilla que ya estaba quemándole la punta de los dedos. Con la vela fue encendiendo todas las que se encontraba a su paso y al final toda la sala estaba iluminada por la tenue luz de la artesana cera que dejó al descubierto la estancia. Un escalofrío recorrió su cuerpo, se trataba de una sala de torturas y parecía cómo si la hubieran utilizado recientemente. Los instrumentos parecían sacados de un siglo atrás pero no había ni polvo ni suciedad. Lo que si había en ese horrendo lugar era una inmensa colección de manchas de sangre seca. Ese sitio producía pavor.

Al fondo de la habitación divisó una vieja puerta, quizás llevara al castillo. Poco a poco se dirigieron hacia ella, la abrieron fácilmente y empezaron a subir con sigilo por unas antiguas escaleras de piedra. El corazón del teniente latía con fuerza, el repetido pum pum era de lo poco que su mente podía escuchar en ése momento mientras se aventuraba en los misterios de la oscuridad.

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-mi mujer se ha quedado en el paro ésta semana, la crisis…de los 33!! Te lo puedes creer? Se ve que están despidiendo a los mayores de treinta años y sólo cogen a gente más joven- se lamentó uno de los policías que custodiaban la puerta principal -encima ahora con tanto paro les pagan una miseria.

-está todo jodido, has oído el escándalo de las tarjetas del dinero público? Si es que éstos poderosos…-se quedó callado de golpe, la puerta principal se acababa de abrir dejando entrever un dedo de oscuridad.

-teniente, aquí el número 1053, se acaba de abrir la puerta principal, repito, se acaba de abrir la puerta principal, esperamos sus ordenes. Esperaron un rato acompañados del silencio y el agente volvió a repetir el mensaje en balde pues tampoco hubo respuesta.

-qué hacemos?-preguntó a su compañero.

-seguir con las últimas indicaciones-respondió éste, así que allí se quedaron observando la grieta que se había abierto frente a ellos. Se veía negra cómo el carbón, cómo un cuervo esperando que acercaran los ojos para quitárselos de un picotazo.

De repente, en medio de la negrura vieron alguna cosa que centelleaba, cómo hilos eléctricos danzando un hipnótico baile, atrayéndoles hacia ellos. Sus mentes quedaron completamente en blanco, sólo pensaban en la atrayente luz y cómo si de un imán se tratara entraron dirección a ella.

Parecía que el silencio fuera el único dueño allí. Mientras subían, Morales sólo oía pasos y el latido de su corazón. Al llegar arriba, éstos resonaron marcando que habían llegado a una habitación grande. Lo poco que enfocaban las velas y linternas así lo atestiguó.

Mientras recorrían el espacio con las dos linternas de que disponían, le pareció ver un destello a su derecha. Giró la cabeza y pudo comprobar en unos segundos que por allí resplandecía algo. Se fueron poco a poco hacia la dirección y cuando sólo habían hecho unos pocos pasos vieron una silueta, parecía humana.

-Policía, no se mueva! Las manos en alto- gritó el agente que iba en cabeza.

-cuidado va armado!- exclamó otro.

-No se mueva, deje el arma lentamente en el suelo- ordenó el primero.

La sombra se giró con el arma en las manos y entonces volaron las balas. Cuando volvió la calma se acercaron y enfocando la luz hacia el caído vieron que no era una sino dos sombras y que había dos bajas por fuego amigo. Los policías que custodiaban la entrada se encontraban tendidos en el suelo.

De golpe una luz cegadora iluminó en una fracción de segundo toda la sala, se pudo ver desde fuera del edificio y un sonido parecido a unas risas le siguió. No se volvió a oír nada más hasta que al cabo de veinte minutos entraron más agentes.

Aún resuenan las últimas palabras de la radio entrecortadas por interferencias del último agente que se encontraba allí.

Otros policías siguieron sus pasos. También agentes especiales. Al fin, abatidos por la impotencia del fracaso, comprobaron el misterio hecho realidad. Ese día quedaría marcado en la historia del país y decidieron precintar y señalizar el lugar para que nadie más cayera en las fauces de ése infernal castillo.

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