encadenado al destino

De golpe abrió los ojos en la oscuridad despertando de un sueño intenso y profundo, no veía nada pero percibía algo, como si no estuviera solo, giró un poco la cabeza y vio una sombra. Lo primero que pensó  fue en levantarse y abrir la luz, pero nada respondía a sus pensamientos, no podía moverse, estaba indefenso por una mala jugada de su cuerpo.

Quería gritar, gritar fuerte, gritar auxilio, un curioso impulso que nos viene en situaciones extremas, pero la lengua tampoco articulaba ningún movimiento. Un escalofrío empezó a recorrer su cuerpo y le pareció sentir un aliento caliente y húmedo en su mejilla, no quería mirar, solo cerró los ojos y dejó que el destino siguiera su curso pidiendo con toda su alma que la moneda cayera por el lado correcto.

Al volver a abrir los ojos comprobó que ya era de día, estaba en la cama y lo recordaba todo a la perfección, su boca esbozó una sonrisa aliviadora, nunca había pasado tanto miedo, recordó por un instante el momento vivido, ya como pasado, y se avergonzó de si mismo por tan ridícula situación.

O al menos eso le gustaba creer a él, que todo había sido un mal sueño despierto.

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